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Anochece.
La tierra en su
incansable rotación nos
regala un gradiente de
colores hasta el último
exanguinarse del reflejo
del sol que por el día
nos calienta. El
continuo fluir de la
cinética, da paso a esa
estancia de la noche en
la que el silencio de la
luz abriendo nuevos
horizontes, nos permite
contemplar el espacio
ultraprofundo. Miríadas
de diamantes tachonan el
nuevo decorado.
Si algo caracteriza a
cualquier forma de vida
conocida, es su
inquebrantable espíritu
de supervivencia así
como el empleo de las
estrategias necesarias
para la conservación de
su existencia. En esta
dialéctica entre
cualquier ente vivo y su
ecosistema, sólo el
conocimiento de las
realidades de ambas
estructuras y la
adaptación al medio,
permite la continuación
de una forma concreta de
especie: constante
universal aplicable a
cualquier minúsculo
prión o a la serpiente
más escurridiza de la
selva amazónica.
Desde la toma de
conciencia de su propia
existencia, el hombre
comenzó una larga
carrera de preguntas
tratando de interpretar
quién era y dónde
estaba. Sólo la
observación de los
hechos y la reflexión
sobre los mismos, le
permite ir encontrando
respuestas aún en la
palpable constatación de
la limitación de sus
mecanismos de
aprendizaje y de la
incertidumbre intrínseca
que el conocimiento de
las constantes físicas,
conlleva.
En los últimos 10.000
años, pocos han sido los
cambios de coordenadas
espaciales de las
estrellas que son
visibles desde la
Tierra, e ingente, la
cantidad de datos que la
paciente observación,
constatación y
depuración de errores
por parte de todos los
que a lo largo de este
tiempo en diferentes
culturas, territorios y
disciplinas del saber,
han ido acumulando en el
pool de conocimiento
sobre el universo y
hallada para la
humanidad. Este proceso
ha sido paralelo y
causante de la
progresiva maduración
como individuo y como
sociedad, del hombre, el
cual ha tenido que ir
desestimando hipótesis
tras hipótesis sobre su
primigenia
interpretación del
mundo, al darse cuenta
de lo que significaba la
sucesiva consecución de
respuestas. En este
camino de evidencias,
han sido duras y
continúan siéndolo, las
batallas libradas tanto
en el interior del magma
emocional del uno mismo,
en el que los miedos son
susceptibles amigos de
la tentación de anclaje
a la ignorancia, como en
el de sectores sociales
detentadores de un poder
determinado basado en
creencias obsoletas, que
ven peligrar sus
privilegios.
El continuo equivocarse
es consustancial a
cualquier proceso
adaptativo, y por lo
tanto, al camino hacia
la sabiduría. Pero sólo
el reconocimiento de los
errores, es picaporte
que permite la
cimentación de la
existencia. Por eso, no
sólo no ha de
extrañarnos la constante
refutación de teorías
sobre nuestra realidad,
sino que además debemos
alentar cualquier debate
que clarifique la más
mínima duda.
Algo muy distinto es
permitir que, en base al
sufrimiento personal, a
la ignorancia o a
cualquier otra debilidad
humana, pervivan
lobbys de poder sosteniendo mitos ancestrales con el único fin de la
manipulación de los
demás y del
mercantilismo más vil
mediante el cual, el
dinero es el único
objetivo planteado.
Anochece. La maravilla
de las galaxias nos deja
boquiabiertos y
enganchados al vector de
la curiosidad. Pero hoy,
en el siglo XXI, 10.000
años después de otro
crepúsculo, sabemos que
la Tierra ni es plana,
ni es única. Que los
diamantes de luz que
tachonan nuestra noche,
siempre están ahí,
aunque por el día la luz
del sol ciegue nuestros
ojos, y que proceden de
otros soles muy lejanos
que ya existían en
muchos casos, incluso
antes de que naciera
nuestro planeta. Que el
espacio es un matraz
preñado de incógnitas
que, no por que no las
hayamos descifrado, han
de ser mágicas y que, la
consolidación de la
supervivencia sólo puede
ser posible, si huimos
de los prejuicios y del
dogmatismo.
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